jueves, 14 de mayo de 2009
Si me viera obligada a tener un ataque de sinceridad -o, mejor dicho, si pudiera decir todo lo que quisiera-, daría demasiados nombres y quizás heriría sensibilidades, sin ser esa mi intención. Me gustaría que todos pudieras ser tan felices como yo. Está bien, no soy Alegrina pero tampoco soy la nena de hace apenas unos pocos meses, que lloraba y siempre terminaba con la mirada baja imaginando que alguien se despertaba pensando en ella -y no como en una pesadilla-. Estaba tan... ¿cómo se dice? Estaba con las prioridades mal acomodadas, como dijo el destinatario de mi cariño en ese entonces. Tuvo razón al escribirme eso ayer. ¿Por qué voy a contar esto? Cuando tenía seis años escribí Un día los chicos de Montevideo se juntaron para hacer justicia. Se ve que desde chica tenía la idea fija. Por eso escribo esto. Ya lo dije por ahí: para mí es importante hacerle justicia a lo que uno quiere y en lo que uno cree. Y eso voy a tratar de hacer. No sé a quién o a qué le voy a hacer justicia, pero voy a escribir cualquier verdura que me surja. Ayer a la mañana leí esas palabras. Al leer su apodo en mi casilla de mensajes mis manos empezaron a temblar. ¿Qué me habría escrito? No me animaba a leer. Cuando lo hice y leí mi diminutivo, me sorprendí. Vale... Qué raro suena. No tomo en cuenta cuando me llaman así, sólo cuando viene de personas especiales. Algún día voy a explicar ese asunto de la memoria. Ahora, volvamos al día de ayer. Leí, lloriqueé como una nenita, me dio taquicardia y seguí leyendo. Contra todos los pronósticos, me sentía a la feliz y quise contestarle. Le escribí un mensaje como tantos otros y, después de dudar un poco, se lo mandé creyendo que no lo leería. Pude ser sincera y decirle lo que siento hoy en día. Y la respuesta fue positiva. Sonreí. Fin. Ya estaba todo dicho. Respiré aliviada. Al fin podés cerrar ese capítulo y concentrarte en éste que estamos escribiendo. Así es. Mis 16 años están siendo demasiado buenos. Ésa era una historia cuyo final supuse que ya estaba escrito por mi mano. Me equivoqué, por suerte. Fue el final perfecto. De tan perfecto, peca de cursi. ¡Y lo más aterrador es que es real! A todo esto, lo que quería decir es que haber cerrado un capítulo -por segunda y última vez, ejem ejem- de terminó de dar la libertad para vivir esto nuevo que estoy conociendo. La alegría de saber que recuperé el amor -qué cursi suena, pero es cierto-. Creía que no volvería a estar tan bien y ahora sé que siempre se puede estar mejor. Y desearía que todos a los que aprecio pudieran sentirse así. No todos saben que les deseo lo mejor pero espero que les llegue la alegría. Cursi, cursi, cursi. Who cares? Total, lo cursi va al paraíso. Y Diego y yo vamos a ir al purgatorio de cabeza, él sabe por qué.
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